25 de noviembre de 2009
15 de noviembre de 2009
EL TIEMPO, LOS RECUERDOS, LAS PALABRAS Y MIS OSADÍAS

9 de noviembre de 2009
¿MINEROS... SIMPLEMENTE VACAS.... MARIPOSAS... O ACASO NADA?

Y decía, dice así:
Mi gratitud prima inter pares al Ayuntamiento de Pravia, mejor, más humanamente, a las personas que lo encarnan y que nos propician y facilitan cada año, al otoño –esa húmeda, fría, desnuda primavera, retoñar del espíritu–, este encuentro de locos por las letras, a leer o a escribir.
Mi par gratitud a
Y ahora, cumplidos los veraces sentires cortésmente, ¡a los interiores! ¿Por dónde? Vía ombligo, obviamente.
Pero, antes de entrar en materia, si es que materia podemos llamar a nuestros interiores y a las variaciones que unos y otros hagamos sobre tan espiritual actividad como es mirarse el ombligo, estimo de todo punto conveniente fijar qué entendemos o, mejor, desde qué intelección afronto mis personales variaciones.
Y así, si me sujeto disciplinado al límpido, fijo y esplendoroso decir de nuestra Real Academia de
Y esto, sin entrar en la posible contaminación ideológica-religiosa de que está impregnada, al menos para mí, esa adjetivación como autocomplaciente. Porque, ¿por qué se me niega que pueda tener en mi mirada a mi ombligo –posiblemente donde resida mi primera conciencia de ser ya que por él me llegó el alimento primero, humano, femenino, maternal, material, terreno– una actitud inflexible, severa, autocrítica en vez de esa simple, que no sencilla, autocomplacencia? ¿Por qué se nos niega tal posibilidad?
Por otra parte, si me aparto del academicismo y acudo a un gurú actualmente de gran predicamento, y escritor de éxito, Paulo Coelho, (http://www.larevista.ec/columnistas/el-alquimista/mirarse-el-ombligo), veo cómo en muchas culturas o civilizaciones se habla de ombligo como eje central de varia cosa. Cosas a las que no me voy a referir aquí, que ahí tenéis todos, espero, la dirección en que la red nos las aprisiona y conserva prestas a ser consumidas por quien degustarlas guste.
¿Entonces? Entonces no osaré corregir a
Pero además, he de confesaros que un eco profundo e íntimo me golpea el cerebro desde mi primera mirada posada sobre el lema de estas Jornadas, desde la primera emoción sentida, y más –ya que estoy de confesión– al saberme ungido por la elección, invitación, a la disertación; y es éste: ¿por qué hemos de dejar de mirarnos el ombligo?, ¿de verdad creemos preciso tener que dejar de mirarnos el ombligo? Yo, si esa fe se mantiene, y salvo contradicción a la que la razón me lleve, me mantendré en la herejía, me declaro abiertamente «ombliguista». Solo me sé, ¡solo!, y en mayor soledad aún me entrego a la escritura. Solo y humano, y más, desde que, cómo dejó dicho Nietzsche en Humano demasiado humano, he superado «las ideas y las preocupaciones supersticiosas y religiosas y, por ejemplo no creo(e) ya en el ángel de la guarda, ni en el pecado original, habiendo dejado incluso de hablar de la salvación de las almas», y así, solo, terriblemente solo, gozosamente solo, tan sólo procuro salvarme frente a mí, a la que creo mi recta conciencia, y, por qué no, frente a mi ombligo.
Pero, entremos en la materialidad de los espíritus o en la espiritualidad de las materias:
Dice José Luis Sampedro en Octubre, Octubre; hace decir a Miguel: «... Siempre fui minero de mí mismo; no escultor ni navegante. Viviendo hacia lo oscuro, por galerías y pozos, con mi excavadora que vuelca en el papel montañas de sudor y (de) fatiga. Entre esa ganga aflora una punta de estalactita, un sílex labrado, alguna rara pepita dorada. Surcar el aire con el pecho no me basta: preciso toparme con la sorda tierra, tantear en las ciegas galerías», es decir, siempre fue de los de mirarse el ombligo.
Continuemos, intentemos recordar qué nos dicen otros grandes, perdón, otros a los que yo considero grandes:
«Escribir es develar», nos dice Simone de Beauvoir; ¿podríamos develar, quitar o descorrer el velo de algo con nuestras palabras si antes no lo hemos descubierto en nosotros mismos, si antes no nos lo hemos puesto de manifiesto, si antes no nos lo hemos develado a nosotros mismos mirándonos el ombligo?
¿Y cuando Franz Kafka dice: «Flaubert escribe en una carta que su novela era una roca a la cual se aferraba para no desaparecer bajo las olas del mundo que le rodeaba (...) Sólo que en mi caso resulta algo complicado este asunto. Con ayuda de mis garabateos huyo de mi mismo, para llegar a atraparme a mí mismo en el punto final. No logro escapar de mí», su traducción al vulgo no podría ser: He ahí a Kafka entregado a mirarse el ombligo?
¿No es acaso mirarse el ombligo, esconderse en él, encontrarse, en él justificarse, escribir: «Mi padre, veterinario, nos trajo a Gerona cuando yo era un niño. Me sentí un poco huérfano... No era mi sitio, no hablaban mi lengua... Tuve la sensación de ser agredido por la realidad. Tenía que defenderme de alguna manera, y quizás por eso empecé a escribir», como confiesa Javier Cercas?
¿No son cántico, oda al mirarse el ombligo las palabras de Fernando Pessoa, «para mí, escribir es despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo. Hay venenos necesarios y los hay utilísimos, compuestos de ingredientes del alma, hierbas cogidas en los rincones de las ruinas de los sueños...»?
¿No es escribir incluso una ayuda a mirarse el ombligo cuando, al decir de Paul Auster, «Escribir, en cierto sentido, es una actividad que me ayuda a aliviar la tensión de esos secretos sepultados. Recuerdos ocultos, traumas, cicatrices infantiles... es evidente que las novelas surgen de una parte inaccesible de nosotros mismos»?
¿O seremos, si no «mineros», sí «vacas»? No somos acaso como ellas, seguro con menor campo visual, voyeurs, que, parafraseando a José Luis Sampedro en Escribir es vivir, procuramos ver todo, oler todo, oír todo, saborear todo, incluso, si nos dejan, acariciar todo? ¿Y no hacemos tal que las vacas y, en este caso, asturianas para mejor cabaña, transformar todo ese alimento en carne; no rumiamos todo lo visto, oído, olido, saboreado, tal vez acariciado, convirtiéndolo en carne? Sí, ¡en carne!, pues ¿no escribimos acaso con nuestra carne, con nuestra sangre, con nuestro placer, con nuestra médula, lo mismo que la araña teje su tela con su propio cuerpo? Y cito a la araña que cita Sampedro y no su más poético gusano de seda, porque guardo esa oruga para alimentar mi propia duda.
¿Y por qué alimentar mi propia duda? Pues porque puedo dudar de todo lo anterior si me muevo por los anaqueles de mi biblioteca en búsqueda de André Gide, de su Los nuevos alimentos (1935) y en ellos busco y releo su «¡Conócete a ti mismo! Máxima tan perniciosa como fea. El que se observa detiene su desarrollo. La oruga que tratara de “conocerse bien”, nunca se convertiría en mariposa». ¿Seremos, entonces, mariposas? No, lo lamento, que también este mismo Gide, diez años antes, 1925, nos regaló, literatura dentro de la literatura, Los monederos falsos, novela dentro de la cual se escribe otra novela. Cosa ésta para la que, como todo el mundo sabe, como bien sabemos, no es en absoluto preciso mirarse el ombligo. Tal que para escribir su Diario (1889-1951), en el que, escrito en Valmont, 30 de marzo de 1932, nos deja esta confesión: «Desde hace tiempo este cuaderno ha dejado de ser lo que debería ser: un confidente íntimo. / La perspectiva de una publicación, aunque sea parcial, de mi diario... ha falseado su sentido». Si falsear el sentido de un íntimo diario por una perspectiva de publicación no es mirarse el ombligo, o no se tienen ojos, o no se tiene ombligo.
¿Seremos, entonces, acaso, nada?
¿Qué vamos a hacer, o estamos haciendo, o hicimos –depende del orden en que por programación me toque leeros estas palabras– estos días, aquí, en Pravia, juntos al fin, un año más, y además de celebrarnos unos a otros, de apreciarnos, de festejarnos, de querernos, que sintiéndonos nada ante los otros, los míos, los nuestros, todos vosotros, mirarnos el ombligo? Y, ¡qué bien hemos hecho o haremos!, dedicarnos todos y cada uno a esta puesta en común de nuestras egocéntricas miradas, ¡abriéndolas, abriéndonos! De las ajenas nos hemos, o procuraremos, alimentarnos, enriquecernos, con la mía propia yo intento seros, al menos, mínimamente útil.
Mas no caigamos ahora en la soberbia y autocomplacencia. Dediquemos estos últimos segundos a la demostración empírica, experimentemos el cuasi imposible. ¡Seguidme, imitadme!: inspiremos, inspiremos todos, ¡profundamente!, como si quisiéramos absorber las musas todas; y ahora, plenos de acto y esperanza, sin abandonar la dignidad de los por ellas elegidos, intentemos mirarnos real, físicamente, el ombligo. ¿Cuántos éxitos?, ¿cuántos fracasos? ¿Cuántos habéis sido capaces, en verdad, ya no de miraros demoradamente, sino tan simplemente de alcanzar a veros el ombligo?
¿Seremos, de nuevo, entonces, acaso, nada?
Sin duda, compañeros, nada al menos definido, definitivo, pues por más que pensados, diseñados, soñados, nos tengamos, venimos reformándonos, construyéndonos, haciéndonos en cada una de nuestras lecturas, en cada una de nuestra escrituras, en cada una de nuestros mirarnos el ombligo. Y donde, a veces, victoriosos, a veces, vencidos, nos descubrimos, nos sorprendemos incluso, de cómo, a veces, con alegría, a veces, en sufrimiento pleno, nos vamos encontrando con que, merced a todo, a todos, se hace cierto aquello de que la vida sale al encuentro –(en cursiva por coincidir con el título de una novela de José Luis Martín Vigil)– y que, de momento, aun heridos, la vamos resistiendo.
En horas, compañeros, esto todo será acabado, pasado –por humano, pretérito imperfecto–, y, quizás, seguro, merced a las bondades de la memoria, menos solos por un tiempo, volveremos a nuestros tics y a nuestros ritos y de nuevo emprenderemos, Juanes de Yepes sin santidad alguna, o quizás en su búsqueda, allá, también aquí, cada uno con su libre albedrío, emprenderemos, digo, el solitario, personal, íntimo viaje hacia el Cántico, a do mana el agua –letra a letra la palabra; palabra a palabra la escritura, el texto, nosotros, tú, yo en tinta–, más adentro en la espesura, penetrando solos, penetrándonos solos, a través de nuestros ombligos.
Que las musas y los dioses, el todo o la nada, me permitan, nos permitan encontrar, acaso para otros ser, consuelo, o simple divertimento, con el fruto de cada uno de nuestros mirarse el ombligo, de nuestras escrituras, y así crear de mi, crear cada uno de nosotros, de vosotros mismos, tal que dijo Gide, ¡oh, contradicción!, con paciencia o con impaciencia, ¡ah!, el más insustituible de los seres. ¡Que así sea! ¡Salud!
2 de noviembre de 2009
NO POR MUCHO REPETIR UNA MENTIRA...

15 de octubre de 2009
¿QUIEN LE VACILA AL SEÑOR ALCALDE DE LEÓN?
5 de octubre de 2009
22 de septiembre de 2009
DE MIS "ESCRITOS CON LARA AL FONDO"

Además, lo mejor y lo peor, a veces las enseñanzas se vuelven (en contra) a uno, es que me argumentó de tal manera su ausencia, que no tuve más razonable remedio -el corazón, ya se sabe, poco sabe de razones- que agradecerle aún más los regalos hechos los pasados años. Que eso fueron, regalos, su compañía en mis, nuestras, más bien estáticas, por escritas y leídas, vacaciones. Seis años a partir de la mayoría de edad, pensándolo bien, más que regalo es don divino, p
or humano y por filial.Total, que como me avisó con tiempo suficiente para la asimilación de su ausencia -lo que aprenden estudiando; medicina, en este caso-; servidor fue haciéndolo, no dandose a la contemplación y autocompasión, sino preparándole un libro, selección de decires y opiniones escritas con ella al fondo, presente, pero cuando aún no tenía edad para soportarlas ni tan siquiera en dosis semanal, que justificasen unos renglones cortos -versos no me atrevo a llamarlos, y lo de "renglones cortos" es denominación que le debo a mi buen amigo y polifacético artista Juan Luis García- que me habían nacido a la primera emoción y le resumiesen algunas de las cosas de su padre.
Tras algunas incidencias -mis manías por lo libre y el uso de software ídem- ya tengo en mis manos y, por lo que me acaban de chivar, están en alguna librería, a través de publicarya.com, mis Escritos con Lara al fondo.
Lo digo aquí, porque no quiero que se entienda mi silencio como humildad. Sería de la falsa. Que uno, aunque procura mantenerse a raya en el asunto, también goza y sufre de la vanitas-vanitatis.
NO FUE POSIBLE... PERO SE INTENTÓ
Lo intentamos, no fue posible.Sigo opinando que se lo merecía.
Mas cuando uno apoya una iniciativa de estas, sabe lo que puede suceder: conseguirlo, o no.
Y uno cuando llegan los noes, la derrota, si así se le puede llamar, ha se acordarse de algo importante: Al final de cualquier liza, se ha ser "digno en la derrota, generoso en la victoria".
Que nadie se entristezca, espero.
Si se alegran los puros, que sepan que no me entristece su alegría. Por fortuna la mezquindaz no me afecta. Tan solo la desprecio.
¡Salud a todos! Y en especial a Marcos Ana, ¡Salud y palabra!
Este comentario, era una deuda, pagada está aun con atraso.



