28 de mayo de 2009

MES DE ORFANDADES (I). DE DON ANTONIO PEREIRA

Hay meses que, como los laborales, los de servicio a varia ocupación, no se sujetan a los nombres que los designan o identifican en su propio ser. Así me ha ocurrido a mi -y no tenga esta personal referencia nada de original, a mala seguridad no soy el único que la ha sentido- con este mes que se ha ido del veinticinco de abril a hoy, veintiocho de mayo, día en que por fin soy capaz de escribir sobre él, el raro mes, sobre ellas, mis orfandades, sobre ellos, mis amparos.

Si pocas fechas antes ya el tiempo se había encargado de certificarme, disfrazado de celebración, cómo la edad se acumula cual cenizas de la vida consumida y recuerda el carácter finito de la misma, a más humana y miserable verdad vinieron fechas concretas a llevarse vidas, personas, que de alguna manera, escrita forma, palabra directa y viva, habían, han representado, representan mucho en el bagaje defensivo de que uno se ha perpetrado para resistir el día a día, la mediocre cotidianeidad, buscándole siempre el lado bueno al vivir, no dejándose vencer de ella, obligándose a no rendir empeños y sueños por colmado que uno vaya de propósitos fallidos.

Llamo hoy, pasado el aciago mes ya dicho, amparos y orfandades a Antonio Pereira, a Carlos Castilla, a Mario Benedetti.

A don Antonio Pereira, amén de su pública obra, le debo muchas enseñanzas, cuyas señas ruego no se busquen en mis torpes aprendizajes, que arbitrario sería y sobrados venimos de injusticia; algunos, bastantes, buenos ratos compartidos en su casa, por su propia generosidad y la de mi buen amigo Paco Flecha, así como una inolvidable comida en Béjar, en compañía también de doña Úrsula, de Carmen Busmayor, de César Gavela, de Juan Carlos Mestre. Cómo olvidar aquella estancia en el paraíso, cómo la tarde que la siguió, retirados don Antonio y doña Úrsula a sus quehaceres, por los caminos de la memoria histórica, pues desde aquellas calles recorridas en Hervás, como de tantos otros lugares, vienen desde siglos penando la historia y la memoria de lo que alguno, con henchido espíritu y marcial pulso, llama patria.

Siempre le dije a don Antonio, al maestro Pereira, que Casa era su poema por mi preferido, y por eso lo guardo cual tesoro con el afecto del “casero” que un día en él me estampó. Mas quizá sea hoy, en que su mirada no será más que un sabio titilar de estrella nueva, día de confesarle, secreto garantizado, que el que de verdad -de verdad de la buena- es para mí definitorio es El pródigo, y tan sólo porque dice:

Mi corazón vive por encima de sus posibilidades.
Como los señores de mi juventud que gastaban más

de lo que tenían y tenían menos de lo que debían.

Mi corazón es pródigo como un cerezo enloquecido

por el verano.

Pero yo no le riño a mi corazón

porque está consentido y a lo mejor ya saben.


Pues eso, ya saben, desde el pasado veinticinco de abril, hasta los rojos claveles se entristecieron con premura, vive uno más huérfano en este León tan destemplado, si en una acera te asas en la otra te hielas, y anda uno por alguna de sus calles como escalofriado de tanta certeza de saber que ya no se encontrará nunca el paso lento, el saludo entrañable, el amigable y enriquecedor momento, el humano bienestar de cruzarse y pararse y atesorarse de don Antonio, del maestro Pereira.

Siempre me quedará, en esas noches de adjetivo imposible, ver en el titilar de alguna estrella los puntos suspensivos de alguna frase inacabada del maestro, de algún dar a entender, su sonrisa, su sabiduría, su sabia provocación, y sentirme menos solo.